domingo, 18 de diciembre de 2011

Canto indignadamente sereno


¡Venid!, ¡venid!, ¡venid!
¡OH viejos jinetes que lanzáis vuestras vidas al galope!
venid por el barro,
por el páramo que pinta su horizonte del color de los olivos.
Venid, soles que os desprendéis de la sementera,
dientes del hierro,
leyes que imponéis vuestras voces en la cabalgadura.
¡ay, esta lluvia de trigos!
¡ay soledad que se atreve a mirarse en el agua!
¿por qué razón cantan los jazmines en el retiro de la tinta?
¿Por qué danzan las libélulas sobre la charca del fango?
¿por qué la lluvia se despeina en la monotonía de los cristales?
¡ay, que las cosas sean vida en la letanía del beso!


II

¡Venid!, ¡venid!, ¡venid!
Obreros que laboráis la estructura básica del refugio,
pescadores que laméis la templanza del mar,
soldados que desgranáis el misterio del disparo.
Venid, columnas de durmientes,
que sucumbís en lo más oscuro de lo absurdo,
televisiones del hambre y el improperio,
que vengan los ojos de la caterva,
la vista del iracundo.

Porque ¡NOOO! !no está todo dicho!,
padres de la incógnita, escritores de la burla,
cantautores solitarios que, desgranáis vuestras voces,
bajo el bastón labial del tirano.
Venid desde todos los orígenes de la piedra,
desde los minerales
desde la historia rebelde de las cosas.,
desde la vida distante que nos dona,
desde las manos que juegan a parir el pan.

Venid los que forjan la escritura
en los efímeros labios del tiempo,
los que en los días de primavera, aman, la poesía
los que llaman maná a los frutos que se estrellan en el lodo,
a las hojas que paren el oxígeno.






III

¡Venid!, ¡venid!, ¡venid!
La mar calma su bravura en la roca,
el amor con sus quince abriles,
depositados en el cuenco de unas manos celulares
y las ubres, dueñas del misterio que,
buscan en los labios, un beso.
Canto que retoma los siderales ojos de los enamorados,
manos que levantan el canto de las multitudes,
palabras que forjan vocablos y verbos
en el indulgente llanto del recién nacido.

¡Venid!, ¡venid!, ¡venid!
Desde los campos velados de espigas,
desde las pisadas que, cada día, duermen
en la huella paralela de la cosecha,
desde las longitudes del aire,
desde los pechos abiertos.
Venid como las amapolas,
como los trigos, como las calles de la escarcha.
¡un paso más y seremos la tierra,
otro, y forjaremos la vida en los labios de la certeza.
¡Venid!, ¡venid!, ¡venid!

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